Entrevista con Andrés Trapiello

Madrid, 12 de diciembre de 2012.

Andrés Trapiello

Andrés Trapiello

Pregunta.-¿Cómo y cuándo descubrió la obra de MCN? ¿Qué reflexión le produjo aquel primer acercamiento, aquella primera lectura?

Respuesta.- La primera lectura de Chaves Nogales para la gente de mi generación fue Belmonte, publicado en Alianza, fue un deslumbramiento. Pero casi inmediatamente después, cuando visitaba librerías de viejo o iba al Rastro, compré casi todo, excepto el libro fundamental, el libro revelación. Para los que iban por las librerías de viejo encontrarse con Manuel Chaves Nogales era lo más normal, porque estaban prácticamente todos, muy baratos además porque el suyo era un nombre desconocido. Y tanto o más que el Belmonte, que me gustó muchísimo, me gustó El Maestro Martínez, que fue el siguiente que leí. Y a partir de ahí leí todo lo que había en libro, excepto A sangre y fuego, y mucho de lo que salió en Estampa o en Ahora.

Los años 30 se caracterizan porque hay muy buenos periodistas en España. No solamente Chaves. Estamos hablando de Camba, de Pla, de Ruano, de Gaziel. Pero en el caso de Chaves había algo que lo hacía muy diferente: Era un hombre comedido. No tenía pretensiones “literarias” ni “intelectuales”, siendo un gran escritor al mismo tiempo.

Luego vino lo de A sangre y fuego. Recuerdo que había terminado de escribir Las Armas y Las Letras y le envié a Abelardo Linares el manuscrito… Yo estaba muy indeciso con el libro, estaba muy poco seguro con él. Había tenido un primer rechazo del editor, que me había encargado el libro con la promesa de un premio, el Espejo de España. Acababa de leerlo y no le había gustado nada el tono y encontraba grandes lagunas en él. Fue un libro que escribí muy rápido, en tres o cuatro meses, y no acababa de tener la distancia necesaria. Entonces viajé a Sevilla a entrevistarme con Abelardo Linares, que es muy amigo, y me traje de Sevilla unos 20 o 30 libros de su biblioteca, libros muy raros, folletos, alguna revista. La de Abelardo es una biblioteca, como sabe todo el mundo, excepcional. Los que me traje eran en general libros de tercer, cuarto o quinto orden entre los que yo me movía bastante cómodamente. Pero entre esos libros había uno que no conocía, que no había leído, que no había visto nunca en librerías de viejo porque no había circulado en España, el de Chaves Nogales. Y recuerdo perfectamente que leyéndolo en el AVE, a medio camino, pasado Córdoba, llamé a Abelardo Linares. Acababa de leer el prólogo de A sangre y fuego y recuerdo que le dije: “Esto es lo más grande que he leído sobre la Guerra Civil”. Era un poco hiperbólico, pero creo que se acercaba a la realidad. Porque venía de estudiar a cientos de escritores de la Guerra Civil y ver sus pasos falsos en la guerra, sus componendas, sus composiciones extrañas de lugar, su retórica, de un lado y de otro… Y me encontraba con alguien que abordaba la Guerra Civil como no había visto yo que lo hiciera prácticamente nadie. Ese fue el deslumbramiento. Yo creo que, a partir de ese momento, como estábamos muy cerca ya de publicar mi libro -el libro ya estaba terminado-, creo que se contagió algo de ese entusiasmo en las páginas que metí en el último momento dedicadas a Chaves Nogales. Prácticamente diría que es el autor que más entusiasmo lleva en el libro.

primera edición de <em>A sangre y fuego</em>, de Manuel Chaves Nogales. Ed. Ercilla, Chile, 1937.

Primera edición de A sangre y fuego, de Manuel Chaves Nogales. Ed. Ercilla, Chile, 1937.

Había escritores que me gustaban mucho por su actitud en la guerra -Unamuno, Juan Ramón- pero nadie como Chaves Nogales, porque había abordado la guerra de una manera única, primero porque lo había hecho durante la guerra, sin rectificar en absoluto su posición como hicieron tantos otros pasado el tiempo, y porque tenía una visión clarísima de quiénes eran unos y otros en esa guerra y defendía algo, que entonces era una quimera: esa tercera España a la que él pertenecía. Y porque él no era alguien que denostara la República desde el antirrepublicanismo. Él era un republicano, un demócrata, y se permitía criticar a los demócratas sedicentes y a los republicanos sedicentes. Por supuesto, él era también un antifascista, un antifranquista y por eso se va de España. Me gustaba esa complejidad de la mirada que le hacía ser no equidistante y que le había permitido, porque era inteligente, una visión global y ecuánime que englobara a todo el mundo para mirar desapasionadamente lo que estaba ocurriendo.

Esto a mí me pareció único. Y además lo hacía de una manera respetuosa, es decir, no había nada de panfletismo en su vocabulario, no había nada de demagogia en sus posiciones políticas, en sus posiciones como periodista. Es decir, era un hombre que se presentaba humildemente como un servidor de aquello que él creía no ya la verdad, sino la realidad. Y daba la oportunidad al lector de juzgar por sí mismo. Esto, en la literatura de la Guerra Civil era, para mí por lo menos, casi impensable, porque todo el mundo ponía por delante su versión poética o ficcionada de esa realidad que les impedía ver la realidad. Alguien que se alejara tanto de la ficción y que se ajustara tanto a los hechos realmente era extraordinario.

El círculo que se inició creo que en el año 1974 o en el 1975 con la lectura de Juan Belmonte se completó en el año 1992 o 1993 con la lectura de A sangre y fuego. Y ese círculo se fue expandiendo. Fue una especie de pedrada en el lago tranquilo de la historia de la literatura española y durante todos estos 20 años esa pedrada ha ido formando círculos concéntricos cada vez más grandes, que van a su ritmo, es decir, que llevan su propia onda y va llegando a mucha gente. Y a mucha gente que tenía ideas prejuiciosas sobre la Guerra Civil sin duda Chaves les está ayudando a ver que las cosas no eran tan sencillas como se les contó, y que había mucha gente empeñada en mentir. Perciben que es importante lo que dice, porque se lo dice un testigo desinteresado.

Andrés Trapiello.

Andrés Trapiello lee el prólogo de A sangre y fuego.

P.- Entonces, ¿a qué se debe la relevancia que se otorga al prólogo de A sangre y fuego?

R.- Chaves, que siempre está en segundo término en todo cuanto escribe, cuando escribe el prólogo de A sangre y fuego, que es un prólogo en primera persona, desde la primera palabra –me parece que esta es un yo- hasta el final, da un gran aldabonazo, porque nos está diciendo cosas muy importantes y nos está abriendo por primera vez el corazón o hablando por primera vez con el corazón en la mano. Viene a decir: esto lo he visto yo, y yo soy una víctima de lo que he visto y de lo que he contado. Y las cosas que ha dicho o que va a decir son de tal magnitud que es imposible hacer como que no están dichas. Eso es lo que hará que le orillen y que le dejen de lado. Porque Chaves no podía decirlo más claro. Pudo haberlo dicho más alto, pero más claro que en ese prólogo no. Lo que dice en ese prólogo no gustó a nadie quizá porque no estaban acostumbrados ni a oír la cosas que Chaves estaba diciendo ni a que Chaves hablara en primera persona. Y debieron encontrarlo una impertinencia, una insolencia de un periodista. ¿Quién se cree para decir algo así?, parece que le dijera su posteridad inmediata.

P.- Chaves muere en 1944 y su nombre queda completamente laminado. Queda Belmonte en Alianza y poco más. Y no vuelve a aparecer su nombre prácticamente hasta Las armas y las letras. ¿A qué se debe?

R.- Durante mucho tiempo me he preguntado por qué Chaves había caído en el olvido. No era fácil responder porque la gente que haya leído sus escritos de guerra verá que son comedidos, verá que no son escritos de un hombre excesivamente escorado hacia un lado o hacia otro. Al contrario: es un hombre mesurado, ponderado, un hombre liberal, no es alguien que esté pensando en venganzas o que no acepte la realidad. No, es un hombre tranquilo. Y, por tanto, no sé entendía muy bien por qué se le había pagado de esta manera. Yo creo que la respuesta la he encontrado hace bien poco, cuando se han dado a conocer los dos libros inéditos de Chaves, que se publicaron también poco después de la guerra. Uno de ellos es La defensa de Madrid, donde aborda el momento crucial del asalto a Madrid por parte de las tropas franquistas y la defensa de Madrid de Miaja. Eso se publica en México, y en La Habana y, por tanto, eso circula sin lugar a dudas entre los círculos de exiliados españoles. Y entre los círculos de exiliados españoles están los círculos más ortodoxos e intransigentes, defensores del totalitarismo o de la visión ortodoxa y oficial de la Guerra Civil Española, que eran básicamente del PCE, de los socialistas radicales y, en modo menor, de los anarquistas. Y se encuentran con la visión que tiene Chaves Nogales de la Guerra Civil, que viene a decir, más o menos, que aquí “todo el mundo” mintió, “todo el mundo” luchó por unas causas que tenían poco que ver con la Republica y con la democracia; tenía que ver con los totalitarismos. Y esto realmente no se lo perdonaron. No se lo perdonaron los de izquierdas, los suyos, pero tampoco se lo perdonaron los de derechas, porque Chaves en ningún momento se mostró como franquista. Al contrario: denunció siempre que pudo a la Junta Militar de Franco, que le parecía ridícula, le parecía una especie de federación de asesinos. Por tanto, los franquistas no le perdonaron su posición como periodista durante la República. De hecho, dos de los insultos más graves que le echan encima, se lo echará un escritor fascista, un colega, que es Ruano, de una manera muy despectiva, y por el otro lado, otro colega, un amigo suyo, el periodista comunista Jesús Izcaray. Se ve que hay celos profesionales y envidias profesionales. Pero tampoco le perdonaron los suyos. Los suyos no están dispuestos a tolerar que alguien venga a discutir la épica que ellos han estado vendiendo durante tanto tiempo sobre la lucha, sobre la Guerra Civil, esa especie de relato épico donde se presenta a los buenos muy buenos y a los malos muy malos. Porque él entiende que debajo de eso hay muchas cosas abominables: las torturas, las checas, los tribunales populares, el desmán… todas las tropelías que conocemos de la Guerra del bando republicano. Por supuesto, también del otro bando. Y yo creo que lo que se forma en este momento es un silencio interesado para las dos partes, sobre todo de las partes que creen en las dos Españas, frente a él, que creía y quería una tercera España. Yo creo que hacen el acuerdo tácito de decir “De esto no se habla, de Chaves no se habla, de la Tercera España no se habla”.

Lo encontramos en los discursos de gente como Bergamín, Pemán o Alberti: “Algo peor que no ser de nosotros es no ser de ninguno”. Y esto lo combaten ellos mismos, unos y otros, con enorme fiereza. Chaves era de los otros, no era ni de los bandos rojos ni de los bandos negros o blancos, era de otro bando, era de otra España. Y yo creo que esa es la razón por la que ha tardado tanto tiempo en conocerse. Había algo que no cuadraba, Chaves era un periodista muy conocido en la República. Por tanto es raro que nadie se preguntara nunca durante cincuenta años qué ha sido de Chaves, qué hemos hecho con Chaves. En una novela policíaca esto sería lo primero que nos llamaría la atención.

P.- Pero esa recuperación no se produce cuando vuelve la democracia a España sino que se produce hace apenas unos años. Es decir, este revival Chaves, este Chavesnogalismo del que habla Antonio Muñoz Molina no llega hasta bastante entrados los años noventa. Incluso los lectores de Chaves están ahora conociéndole. ¿Por qué no vuelve en el 1975 y sí vuelve en el noventa y pico o dos mil?

R.- Yo creo que no vuelve en 1975 y sí en 1994 porque es una recuperación de Chaves a través de la política, a través de la Guerra. Es decir, su opinión sobre la Guerra Civil es muy valiosa en un momento en que todo ese campo, el guerracivilismo español, estaba más que trillado, con ideas comunes, con ideas de cuatro perras, de pacotilla y, de pronto, encontramos que las opiniones de Chaves Nogales son de muchísimos quilates, no solamente porque su moneda es una moneda acuñada de una manera muy firme, muy noble, sino porque es una moneda no circulada que nos franquea nuevas ideas. Y eso hace que haya una enorme curiosidad por ella, porque la gente no conoce el cuño de esa nueva moneda política de la visión de la Guerra, las ideas que pone a nuestro alcance.

¿Y por qué en ese momento? Porque el libro de A sangre y fuego no se conoce antes. Es decir, si yo hubiese escrito Las armas y las letras antes y hubiera podido hablar antes de ese libro lo hubiera hecho, porque hablé de libros –en mi caso, hablo de mi caso- igualmente orillados, o desconocidos, o arrumbados, o menores, o mayores en algún caso, pero una razón literaria no habría sido suficiente para recuperar a alguien como Chaves.

De hecho, una serie de personas -he citado a Abelardo Linares, pero el propio Juan Manuel Bonet, o yo mismo, estábamos cansados desde al año 75 de hablar de personas que estaban orilladas injustamente-, pero por más que hicimos, por más que intentamos que se leyera a Rosa Chacel, que estaba viva, no hubo manera, o el caso de Ramón Gaya, o el caso de escritores que ya nos habían dejado, como Díaz Canedo, Fortún o tantos otros, y del lado de la derecha los Sánchez-Mazas o los Agustín de Foxá. Es decir, poníamos literariamente hablando en el conocimiento de la gente obras literarias valiosas, pero la gente estaba en otra guerra, estaba en otras batallas políticas. La literatura estaba mediatizada todavía por el relato de la guerra.

A principios de los ochenta escribí un artículo en El País sobre Foxá en el que dije algo que tuvo una cierta fortuna, no porque fuera excesivamente brillante, sino porque era excesivamente certero en el sentido de que hablaba de algo real, que no se nombraba: los escritores que habían ganado la Guerra Civil habían perdido los manuales de Literatura y, al contrario, a los escritores que habían perdido la Guerra parece que, como compensación, se les había dado toda la literatura. Y en ese momento España estaba con los escritores que habían perdido la Guerra creyendo, algunos de buena fe y otros supongo que de manera interesada, que solamente eran posibles, literariamente hablando, escritores del bando de los perdedores.

Chaves era un perdedor, pero Chaves era un perdedor del que buena parte de la izquierda se avergonzaba o lo desdeñaba (como de Azaña: su primer valedor en la transición fue Jiménez Losantos, no conviene olvidarlo). Chaves era un perdedor al que los perdedores oficiales no admitían en sus líneas, en sus líneas militares o en sus filas literarias, no lo admitían. Por tanto, la recuperación solo pudo venir cuando cierta idea política de la Guerra Civil empezaba a hacer aguas. Había mucha gente que se decía: “Esto no cuadra, esto no, lo de la Guerra Civil así explicado no nos resulta fácil de entender, esto de buenos, malos, si estamos viendo que los buenos son malos a veces y los malos son buenos”. Es decir, esta primera crítica hizo posible que se leyera al Chaves político, porque el Chaves literario la gente que podía decidir literariamente sobre los autores en ese momento no estaban por la labor de recuperarlo. Yo creo que en la universidad o en la crítica literaria ni siquiera sabían quién era. Solo querían autores de sus filias políticas. Por tanto, solo se hablaba de escritores de izquierdas, porque se pensaba esa gran tontería de que solo se puede ser gran escritor si se es de izquierdas. Circulaban esas bobadas y circulaban además con enorme peso. Y en el caso de Chaves se decía que Chaves no era de izquierdas. Sabemos hoy que sí lo era, pero en aquel momento lo habían expulsado de la izquierda oficial. Entonces, en ese sentido, hubo que recuperarlo políticamente desde la izquierda, redefinir la izquierda, y una vez redefinida la izquierda, redefinir todo el papel de la literatura española, que es lo que hemos hecho algunas personas durante estos años. Es decir, releer otra vez todo porque no nos fiábamos de los que habían leído por nosotros ni de lo que nos habían contado. No nos fiábamos de que Alberti fuera el gran poeta que tenía que ser. Cuando uno lo leía, pensaba “Este Alberti es también de pacotilla”. Me refiero, sobre todo, al Alberti de la guerra.

Manuel Chaves Nogales.

Manuel Chaves Nogales.

P.- Entonces, Chaves, que había perdido la Guerra y la literatura, ¿cree que está ahora ganando la literatura y la Guerra?

R.- Por un lado es triste que esto ocurra cincuenta años después de su muerte, pero por otro lado es motivo de alegría. Creo que Chaves está ganando la Guerra, la idea que él tenía de la Guerra, la visión que tenía de la realidad española de la República y de la Guerra, y sin lugar a dudas está ganando la Literatura.

Hoy sería inconcebible ningún manual de literatura en el que en algún momento no apareciera Chaves, como escritura periodística, como intelectual, en fin, seguramente a él no le gustaría el término, pero como persona dinamizadora de la literatura española a través de los periódicos. Pero más importante todavía es que su visión de la Guerra Civil es una visión que comparte y secunda cada vez más gente. Cuando en un momento determinado dice “Mi gobierno huye de Madrid a Valencia, yo he comprendido que aquí ha acabado toda mi misión”, ese discurso, esa posición, le valió insultos gravísimos en el Madrid republicano por parte de sus propios compañeros. Jesús Izcaray, que había sido amigo suyo, lo insulta abiertamente, creo que en Estampa o en algún otro semanario de la guerra. Por tanto, creo que Chaves Nogales, cincuenta años después de su muerte, o sesenta ya, no sé cuántos, sí ha ganado esa batalla ideológica, porque cada vez hay menos personas que se sientan orgullosas del totalitarismo de un bando o de otro. Al menos yo no me encuentro a nadie que me diga “Yo soy partidario de José Stalin, yo soy gran partidario de La Pasionaria, o de Queipo de Llano”. No. En cambio, yo me encuentro cada vez más gente que me dice: “Si yo tuviera que estar en un bando estaría en el bando, sin duda, de Juan Ramón Jiménez, de Chaves Nogales, de Clara Campoamor, de don José Castillejo, incluso del Unamuno último”. Incluso habrían querido estar en él muchos otros, que no pudieron, los Machado, Azorín, Baroja, Ortega, Ramón, Cernuda, en fin, muchos. Es decir, ese es el bando de las gentes que definieron, de una manera silenciosa, la tercera España, que justamente porque fue silenciosa fue silenciada.

P.- Entonces, ¿en el canon de las letras españolas del siglo XX, en el que ya está Chaves Nogales, con quién estaría sentado?

R.- Yo creo que Chaves estaría bien colocado, porque es su lugar natural, al lado de Pla, de Camba, de Gaziel, o de Ruano, incluso de periodistas posteriores. Lo que pasa es que él murió muy joven. He dicho estos cuatro periodistas primeros porque creo que entre ellos es el lugar donde más cómodamente se encontraría, pero vamos a plantear la pregunta de otra manera: Yo creo que no tenemos que colocarlo al lado de nadie.

Se le puede colocar al lado de Pla, de Camba, de Ruano, de Gaziel, al lado de muchas gentes, pero creo que lo que nos habla de la singularidad de Chaves es que justamente está solo también y eso hace que se sitúe en la literatura española también con un lugar propio. Es decir, no quiero comparaciones excesivamente hiperbólicas, pero si dijéramos: “¿dónde pondríamos a Unamuno?”: Unamuno merece estar solo, o Machado, o Juan Ramón Jiménez.

Chaves tiene su lugar propio, que lo hace diferente de todos los demás, porque los periodistas de su época, estos tres escritores que he dicho, Pla, Camba o Ruano, eran tres escritores de derechas, estuvieron arropados por los diferentes gobiernos de derechas. En el caso de Chaves no. Chaves es un hombre absolutamente desamparado. A partir de 1936 es un hombre que cae en el más absoluto desamparo y se está inventando todos los días no ya un modo de vivir sino un modo de estar en el mundo. Se tiene que construir como periodista, como personaje. Todo lo que hace es una pura invención suya, es una lucha titánica, porque no tiene a nadie que le sostenga, no hay nadie que le arrope, no tiene detrás un partido, ni una caja de resistencia, no hay un gobierno, no hay un ministro en el exilio, no hay nadie que le ayude, que esté a su lado. Y por eso Chaves está bien estando solo en la literatura española, porque es exactamente en el lugar en que la literatura española le dejó, en el lugar en el que tiene que estar.

P.- Además de solo, perseguido. Sale de España perseguido. En Francia la Gestapo va detrás de él. En Inglaterra le invade la soledad. La necrológica leída por Antonio Soto en la BBC el 9 de mayo de 1944 dice: “No hace más de cuatro días, presintiendo su muerte, me decía: ‘Es horrible. Llevo ocho años esperando ver cómo vencen al fascismo y me voy a morir precisamente en el momento en que los Aliados van a invadir Europa libertándola de sus opresores’. Y así ha sido, así cayó el periodista Manuel Chaves Nogales, como un luchador de la Libertad al que solo la muerte podía vencer”.

R.- Yo creo que haríamos un flaco favor a Chaves Nogales si lo convirtiéramos en San Manuel Chaves Nogales. Es verdad que es una persona a la que se persiguió, que estuvo enormemente sola, que tuvo que vencer muchísimas dificultades, pero este fue el drama de millones de españoles en el exilio. Es decir, que lo que hace todavía más misteriosa la recuperación de Chaves es que sale de un mundo en el que todo el mundo sufría por las mismas cosas. Es decir, no hay distinción entre Chaves y la inmensa mayoría, cientos de miles de personas que se van al exilio, y eso les enaltece a todos ellos. Todos tienen dificultades para sobrevivir, todos tienen seres queridos lejos o en paradero desconocido. Todos están en la perpetua angustia. Por tanto, eso no es nuevo en Chaves, comparte su tragedia con otros muchos. Cualquiera que haya leído epistolarios de la guerra y de la posguerra en el exilio verá que se parecen como una gota a otra. Y ahí sí que ya da igual que hayas sido socialista o comunista. En el lado humano las experiencias son todas exactamente iguales que la de Chaves.

Manuel Chaves Nogales.

Manuel Chaves Nogales.

P.- Sí, pero este párrafo creo que es importante porque él había conocido la gestación del nazismo en el año 1933, había conocido las barbaridades de la Rusia soviética, vio cómo tanto unos como otros caían sobre España y destrozaban este país; se va a Francia y le expulsan los alemanes; llega a Inglaterra y, cuando todo parecía encarrilado, triunfo de la democracia incluido, se muere. ¿No sufrió cierta injusticia?

R. Chaves no tenía que haberse muerto. Porque era una persona joven. Es verdad que era una persona que en último tiempo de su vida llevó una vida complicada, fumaría más de lo normal, alguna vez comería mal, padecería el frío, la incertidumbre, en fin, todo esto hace que una persona se quiebre más fácilmente, pero Chaves era una persona como digo joven. No tenía que haberse muerto. Podemos verlo hoy como una especie de conjunción estelar especialmente injusta con él, y es verdad, es injusto que muriera porque debería haber vivido veinte, treinta o cuarenta años más, que no tuvo.

Lo que nos sorprende de Chaves es que en tan corta vida hiciera tanto, viera tanto donde nadie veía. Como decía Van Gogh, todas las vidas son cortas, lo importante es qué hacemos con ella. La de Chaves es una vida corta, pero lo importante es lo que hizo en esa vida corta, que es ver y denunciar antes que muchos, antes incluso que Koestler, antes que muchas gentes, el horror del totalitarismo. Es decir, equiparar por primera vez, seguramente en España ninguno con tanta lucidez, el totalitarismo de derechas y el totalitarismo de izquierdas, a los nazis, a los fascistas y a los bolcheviques.

Esto tenía un enorme mérito, no haber sucumbido a la sugestión que ejercía el totalitarismo, una especie de hechizo, sobre todo en los más jóvenes. Y los mayores se dejaban llevar al rebufo de este entusiasmo de los jóvenes seguramente porque pensaban que también iban a obtener algo de ello. Chaves, que no era una persona mayor, pero no era tampoco un joven, estaba en ese punto ideal de juicio que le permitía ser independiente.

Que muriera pronto fue una gran desgracia pero que pensara tan lúcidamente fue una gran desgracia para él, porque lo marginaron por ello, pero una gran suerte para nosotros. Para él significó que lo apartaran y lo odiaran los suyos y los contrarios, pero para nosotros sí es una gran suerte, porque nos da una esperanza de reconstruir eso que él empezó a hacer, el proyecto liberal, el proyecto ilustrado en España. No hay otra cosa, hacer de este país algo ilustrado, donde no tenga cabida ni el déspota ni el cacique ni el oscurantista. Como él decía muchas veces, estar con la gente haciendo un trabajo noble, digno, ser remunerado por ello y tener una vida digna. Exactamente el ideal ilustrado. Y que cada cual piense en sus asuntos privados lo que piense, y que no se metan los demás en ellos, es decir, esas cuatro o cinco cosas, libertad de conciencia, libertad de expresión, etc.

Primera edición de <em>El maestro Juan Martínez que estaba allí</em>, de Manuel Chaves Nogales. Ed. Estampa, 1934.

Primera edición de El maestro Juan Martínez que estaba allí, de Manuel Chaves Nogales. Ed. Estampa, 1934.

P.- Una de las obras que ha citado, y que ha prologado, El Maestro Martínez… nos permite hablar del humor de Chaves Nogales. ¿Cuál es la singularidad de este libro?

R.- La primera singularidad de El Maestro Juan Martínez es la indecidibilidad, es decir, no puedes decidir si eso, leyendo el libro, es real o es una historia de ficción. Parece ser que es una historia más real que de ficción. Hay algo que le caracteriza a Chaves como un sthendaliano puro -él yo creo que a quien se parece como escritor es a Stendhal- que es un hombre que quiere vivir y conocer y que podría decir como Stendhal “cuando miento me aburro”. Chaves cuando dice la verdad es porque le divierte contar la verdad. No necesita hacer una ficción para divertirse porque encuentra que la realidad es más que la ficción en cierto modo. Y el primer problema que tiene ese libro es ese, el de la indecidibilidad, el no poder decidir si es una ficción o es una realidad.

Dicho esto, lo que está muy bien en Chaves en ese libro es que tiene un humor yo diría raro, porque no es sevillano, no es madrileño, no es castizo, no sé si es británico… Es un humor muy educado en cualquier caso, y muy fino, siempre en segundo plano. Es un humor que raramente te arranca una carcajada pero es muy difícil que te despinte la sonrisa en todo el relato. En ese sentido es muy chaplinesco.

Creo que ese es el secreto de un libro que una vez más nos presenta los avatares de una historia, de cómo llegan unos sajando, salen otros sajando, se retiran los blancos, vienen los mencheviques, vienen los bolcheviques y todo más o menos se dilucida en el mismo campo del absurdo, que es donde la diadema de la zarina vale un kilo de patatas y un kilo de patatas puede salvar la vida de una familia. Todo eso se resumiría en la filosofía de Juan Martínez: no somos nada. Y eso es lo que Chaves persigue: una vida gris que está llena de avatares, de aventuras, de las vueltas que da la vida, y de que alguien, un testigo tan excepcional, esté en ese momento en París, con una compañera que no habla prácticamente, y él, Chaves, siendo el testigo, porque se conforma con ser el testigo. Sabe que el testigo a veces es el más importante del proceso narrativo y, sabiendo eso y sabiendo que cuando miente se aburre, pues ha decidido contarnos la verdad.

Juan Belmonte

Juan Belmonte

P.- Otro más. Belmonte. El comienzo de Belmonte es una estampa preciosa de cómo el pequeño Juan sale de su casa y se da cuenta de que si domina aquel escenario, que es su calle, y los tejemanejes entre vecinos, se da cuenta de que si controla su calle controlará el mundo. Parece un autorretrato de Chaves Nogales, de su infancia sevillana y, además, la descripción de su método periodístico: Quién conoce lo que le rodea, quién conoce lo inmediato, podrá entender el mundo…

R.- Creo que esta es la técnica periodística de Chaves: quien cuenta el mundo se cuenta a sí mismo. Pero tiene la delicadeza de no contarlo nunca en primera persona. Lo cuenta siempre por persona interpuesta, por país interpuesto y por situación interpuesta. A Chaves es muy difícil encontrárnoslo en primer término casi nunca, pero él está en todos y cada uno de sus libros y en todas y cada una de sus páginas. Es muy fácil adivinar quién está detrás de eso, la persona que es, una persona discreta, una persona que no quiere imponerse nunca, un verdadero liberal, un auténtico librepensador, alguien que no quiere nunca decir la última palabra porque sabe que no hay última palabra. Todo esto es una sucesión de opiniones, de pareceres, de conocimiento. El conocimiento está constantemente cambiando. Chaves lo sabe. Chaves no es un energúmeno, no es un totalitario de nada y eso es lo que hace en su literatura. Podrá hablar de Belmonte pero encontramos también a Chaves en ese Belmonte, como cuando vemos un gran retrato de alguien, de un rey o de un bufón, de un gran pintor, vemos al rey y al bufón, pero también vemos al pintor. Básicamente el alma del pintor está en esos otros retratos. Yo creo que lo atractivo de Chaves es esto. El habla de sí mismo pero jamás en primera persona, exceptuando su prólogo en A sangre y fuego, como decíamos. Y esto, en una literatura como la barroca española donde el yo siempre va por delante, es siempre raro y de agradecer.

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7 comentarios

Archivado bajo Andrés Trapiello, General

7 Respuestas a “Entrevista con Andrés Trapiello

  1. Ramón

    Es una frase atroz esa de: “Algo peor que no ser de nosotros es no ser de ninguno”. Sin embargo, a pesar del frío que se pasa por no “ser de ninguno”, ese lugar es un buen sitio parar vivir y no sentirse al final, defraudado, estafado, perdido.

  2. Isabel Verdejo

    Gracias Andrés. La entrevista es magnífica.

  3. Juan del Río García

    Un pero a la glorificación de MCN. En “La agonía de Francia” se muestra tan violentamente, mostrencamente anticomunista, que la ponderación se va a tomar viento. A veces parece que la culpa de la existencia del nazismo es del partido comunista francés. ¿Tantas cosas vió que se le nubló el entendimiento?
    Gracias por la entrevista.

  4. Paco Peromingo

    Descubrí a CHAVES leyendo a TRAPIELLO,gracias ANDRES.

  5. Juan Carlos

    Me parece que es una entrevista espléndida. Acabo de leer La vuelta a Europa en avión: un pequeño burgués en la Rusia roja. Me ha gustado mucho y creo que es una obra interesantísima. Actualmente preparo un post sobre esta obra para el blog Sinololeonolocreo, de la Bibliteca de la Universidad Complutense. Pienso leer más de MCN.

  6. tania

    No estaría mal dar su sitio al profesor de la Facultad de Periodismo de Sevilla, Carlos Colón, que fue de los primeros que reivindicó la figura de Manuel Chaves Nogales, hasta el punto de que con la con la aparición del periódico Diario de Sevilla en 1999 -del que Colón era miembro del consejo editorial- se regaló con el primer ejemplar del periódico el libro ‘La Ciudad’ de Manuel Chaves Nogales. Una joya dedicada a Sevilla.

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